Si hay algo que define a Fulbright como uno de los mejores
programas de intercambio académico es su precupación por ofrecer a sus
participantes la posibilidad de completar su formación universitaria con
actividades extraordinarias que estimulan una cualidad especialmente valorada
por la organización al seleccionar a los candidatos: su preocupación por el
mundo que les rodea.
Ayer tuve el honor de poder asistir a través de Fulbright a
la conferencia ‘La educación es un derecho humano’, organizada por el Comité de
Enseñanza de las Naciones Unidas en la sede de la ONU en Manhattan. Allí,
expertos internacionales de diversas agencias y organizaciones hablaron y
reflexionaron sobre los logros y los retos de la educación en el mundo, un
aspecto tan relevante para la vida de las personas, como denostado por los
gobiernos e instituciones que las lideran.
El foco principal fueron los países en vías de desarrollo,
aunque también estuvo presente la la educación pública de calidad y universal
en los países desarrollados, situada bajo una constante amenaza en estos
tiempos de crisis.
La web de la conferencia cita unas palabras del antiguo
secretario general de la ONU, Kofi Annan, en las que dice que la educación es
un derecho humano con un inmenso poder de trasformar ya que en sus cimientos
descansan las piedras angulares de la libertad, la democracia y el desarrollo
humano.
Por esta razón la educación figura entre los temas claves de
los Objetivos del Milenio que los gobiernos firmaron en 2000 con la intención
de fijar unas metas verosímiles y factibles para acabar con la pobreza
extrema en 2015, así como en la agenda de planes de acción para los próximos
5 años de Ban Ki Moon al frente de la ONU.
Desgraciadamente ya es una realidad que los Objetivos del Milenio
no se van a cumplir para la fecha indicada, a pesar de que se sabe que una
educación accesible y de calidad es fundamental para paliar las desigualdades
que cimentan el mundo globalizado. A día de hoy hay 69 millones de niños fuera
de los colegios. La buena noticia es que en 2000 esa cifra ascendía a 100. Esto
quiere decir que se han conseguido cosas, a pesar de que 2 de cada 3 niños lo
dejan antes de terminar, y de que las niñas lo tienen más complicado en muchos
lugares.
El representante permanente de la ONU por Bangladesh, Abdul Momen, comentó los esfuerzos de su país por transformar la situación. Habló de una
iniciativa que consiste en pagar $1.27 a las familias con niñas, y $1.25 a las
familias con niños con el fin de que los padres los manden a la escuela en lugar
de a trabajar. El pago se realiza bajo unos requisitos: que no casen a las
niñas con menos de 18 años, una asistencia a clase del 70% y buenos resultados
académicos. Es una buena idea pero no acaba de ser suficiente, la causa es la
de siempre, no hay dinero. A mediodía a los niños les entra hambre y se van, en
muchas zonas rurales los profesores no pueden llegar a la escuela, eso cuando
los hay.
La falta de fondos dedicados a la educación fue un tema
recurrente a lo largo de toda la conferencia. Es impresionante la contradicción
entre la importancia de la educación para acabar con la guerra y la pobreza y
la disparidad en las cifras de los presupuestos de educación en comparación con
defensa. Los números invertidos en la guerra de Afganistán son infinitamente
mayores a los invertidos en programas educativos. ¿Será posible acabar así con
la guerra? Hablando de guerra y paz, la cuestión que planteó un estudiante
palestino dejó a muchos sin palabras: ¿Cómo educo por la paz a los niños de mi
tierra, a niños que viven injustamente entre muros de cemento, que han visto
morir a familiares en una guerra interminable? Sólo pudo responder a esta pregunta la gran activista Cora Weiss, presidenta de la organización Hague Appeal for Peace. "Si el mundo ha
sido capaz de abolir la esclavitud, el colonialismo, el apartheid, la
prohibición del sufragio a la mujer…¿Por qué no va a ser capaz de terminar con
la guerra?" Para ello, Weiss señalaba a la sociedad civil como principal agente
del cambio, y a los educadores como uno de sus motores. Ya lo dicen las tres
WWW: World Without War.
¿Dónde radica la importancia de la educación? ¿Por qué esa
insistencia en que sea accesible, universal y de calidad? ¿De dónde viene esta
obsesión? El óptimo funcionamiento del sistema democrático depende de la
participación responsable por parte de todos los miembros de la sociedad. Se
entiende que ciudadan@s mejor formados cuentan con las herramientas necesarias
para decidir con sensatez a la hora de elegir a sus líderes y evitar repetir y
perpetuar desafortunados errores. En ello estamos.
Para conseguirlo se necesitan buenos maestros, profesores
bien pagados, motivados y bien formados, capaces de enseñar a pensar. De
nada sirve tener las escuelas llenas de estudiantes que no están aprendiendo
nada, o que no están aprendiendo bien. La complejidad del mundo actual requiere
personas curiosas, creativas y con espíritu crítico. Esto no es algo que se
consiga poniendo a niños y jóvenes a memorizar datos para pasar exámenes cuyas
cifras se utilizan para medir los resultados del dinero invertido. Si la
democracia está basada en la participación ciudadana, es necesario pues educar
a l@s ciudadan@s en dicha participación.
¿Pero cómo se puede cambiar
esto cuando los gobiernos distribuyen sus fondos en base a los resultados de
los exámenes, o cuando asignaturas fundamentales para desarrollar la
creatividad y el espíritu crítico como las artes y las humanidades van
perdiendo más y más peso en el currículum? Por fortuna todavía hay gente que
creemos en esto y estamos dispuestos a pelear por ello.